Praxis / Vol. 21, No. 2 – 2025 / 497 - 517
DOI: http://dx.doi.org/10.21676/23897856.6271
Factores que inciden en el rendimiento académico. Diagnóstico y prospectiva
En el presente artículo se realiza una revisión descriptiva y exploratoria de 53 investigaciones, bajo el protocolo PRISMA, con el objetivo de identificar las variables clave que determinan el rendimiento académico. Los hallazgos destacan que este fenómeno surge de la interacción de factores socioeconómicos, sociológicos, psicológicos, pedagógicos y biológicos. El entorno familiar y las condiciones económicas emergen como determinantes clave, donde el capital cultural y el apoyo emocional favorecen el éxito, mientras la precariedad económica o los conflictos familiares lo obstaculizan. Desde una perspectiva individual, la motivación, el autoconcepto académico y la salud mental influyen en la capacidad de superar desafíos, reforzada por hábitos de estudio y acompañamiento docente. En contraste, la deserción se vincula con falta de metas claras o estrés socioeconómico. La labor pedagógica también es central: metodologías adaptadas y evaluaciones formativas potencian el aprendizaje, mientras enfoques rígidos lo limitan. Por otro lado, aunque factores biológicos como la genética inciden en capacidades cognitivas, la plasticidad cerebral y condiciones ambientales como nutrición, descanso y actividad física permiten compensar limitaciones.
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Artículo de revisión
Factores que inciden en el rendimiento académico. Diagnóstico y prospectiva
Factors influencing academic performance. Diagnosis and prospective
Luis Alfonso Muñoz-Benavides 1
Para citar este artículo: Muñoz-Benavides LA. Factores que inciden en el rendimiento académico. Diagnóstico y prospectiva. Praxis. 2025;21(2): 497-517. http://dx.doi.org/10.21676/23897856.6271
Recibido en noviembre 1 de 2024
Aceptado en marzo 11 de 2025
Publicado en línea en junio 18 de 2025
RESUMEN
En el presente artículo se realiza una revisión descriptiva y exploratoria de 53 investigaciones, bajo el protocolo PRISMA, con el objetivo de identificar las variables clave que determinan el rendimiento académico. Los hallazgos destacan que este fenómeno surge de la interacción de factores socioeconómicos, sociológicos, psicológicos, pedagógicos y biológicos. El entorno familiar y las condiciones económicas emergen como determinantes clave, donde el capital cultural y el apoyo emocional favorecen el éxito, mientras la precariedad económica o los conflictos familiares lo obstaculizan. Desde una perspectiva individual, la motivación, el autoconcepto académico y la salud mental influyen en la capacidad de superar desafíos, reforzada por hábitos de estudio y acompañamiento docente. En contraste, la deserción se vincula con falta de metas claras o estrés socioeconómico. La labor pedagógica también es central: metodologías adaptadas y evaluaciones formativas potencian el aprendizaje, mientras enfoques rígidos lo limitan. Por otro lado, aunque factores biológicos como la genética inciden en capacidades cognitivas, la plasticidad cerebral y condiciones ambientales como nutrición, descanso y actividad física permiten compensar limitaciones.
Palabras clave: rendimiento académico; factores socioeconómicos; motivación académica; prácticas pedagógicas; determinantes biológicos.
ABSTRACT
This article presents a descriptive and exploratory review of 53 studies, following the PRISMA protocol, with the aim of identifying key variables that determine academic performance in students. The findings highlight that this phenomenon arises from the interaction of socioeconomic, sociological, psychological, pedagogical, and biological factors. Family environment and economic conditions emerge as key determinants, where cultural capital and emotional support foster success, while economic instability or family conflicts hinder it. From an individual perspective, motivation, academic self-concept, and mental health influence the ability to overcome challenges, reinforced by study habits and teacher support. In contrast, dropout is linked to a lack of clear goals or socioeconomic stress. Pedagogical practices also play a central role: adaptive methodologies and formative assessments enhance learning, whereas rigid approaches limit it. Additionally, while biological factors such as genetics influence cognitive abilities, brain plasticity and environmental conditions like nutrition, rest, and physical activity can compensate for limitations.
Keywords: academic performance; socioeconomic factors; academic motivation; pedagogical practices; biological determinants.
1. PhD(c). Universidad Mariana, Pasto, Colombia. Correo: luisal.munoz@umariana.edu.co - https://orcid.org/0009-0003-2828-8106
INTRODUCCIÓN
El rendimiento académico ha sido un tema recurrente en la agenda educativa, reflejando los desafíos que enfrentan las instituciones escolares ante la diversidad socioeconómica, cultural y familiar (Arias et al., 2024; Benavides y Rodríguez, 2025). Comprender este fenómeno implica reconocer su carácter multifactorial, al conjugar factores externos como el contexto sociocultural y las políticas públicas con elementos internos donde destacan la motivación, el autoconcepto y las competencias docentes (Cardenas et al., 2020).
La educación encara un doble reto: por un lado, proporcionar conocimientos que favorezcan la inserción productiva de los estudiantes en sociedades competitivas, y por otro, atender profundas brechas de desigualdad social y económica que obstaculizan el acceso a oportunidades (Demarchi, 2023). En este panorama, la escuela funge como espacio de movilidad social y escenario donde pueden persistir disparidades.
Las políticas enfocadas en la calidad educativa exigen la creación de entornos de aprendizaje sensibles a condiciones psicológicas y biológicas, resaltando la relevancia del acompañamiento familiar y comunitario. Desde la psicología educativa, la motivación, la autorregulación y la autoestima académica adquieren gran valor, mientras enfoques sociológicos y pedagógicos señalan la importancia de transformar prácticas docentes y promover modelos inclusivos (Soto et al., 2021; Loor y Alarcón, 2021).
Esta revisión siguió el protocolo PRISMA (Moher et al., 2009; Urrutia y Bonfill, 2013) y aplicó un análisis descriptivo y exploratorio de 53 artículos seleccionados bajo criterios de actualidad y pertinencia temática. El proceso buscó determinar los factores que influyen en el rendimiento académico desde perspectivas socioeconómicas, sociológicas, psicológicas, pedagógicas y biológicas.
El objetivo fue identificar los principales factores que determinan el rendimiento académico. Se entiende por rendimiento académico el grado en que los estudiantes alcanzan los objetivos curriculares establecidos (Bloom, 1968). Por otra parte, el bajo rendimiento se concibe como el nivel de logro escolar inferior al promedio esperado para el grupo de referencia, lo cual se expresa en calificaciones deficientes y en la falta de dominio de los contenidos mínimos establecidos por el currículo. Este fenómeno no solo se asocia con aspectos cognitivos del estudiante, sino también con variables emocionales, sociales y contextuales que afectan su desempeño educativo (Peñafiel, 2024).
Estos resultados exponen la complejidad intrínseca del fenómeno y brindan referencias para estrategias dirigidas a promover la equidad y la calidad en los procesos formativos. Se espera que el análisis aporte insumos para investigaciones futuras y prácticas pedagógicas que fortalezcan la trayectoria académica de los estudiantes, reconociendo la diversidad de realidades que configuran el escenario escolar.
METODOLOGÍA
Este artículo presenta una revisión descriptiva y exploratoria sobre los factores que influyen en el rendimiento académico. Mediante un análisis documental basado en 53 artículos seleccionados, se examina la interrelación entre estos factores y el contexto educativo de los estudiantes. La metodología siguió el protocolo PRISMA (Figura 1) para revisiones sistemáticas (Moher et al., 2009; Urrutia y Bonfill, 2013).
Estrategia de búsqueda
En el proceso de búsqueda documental se realizó un rastreo bibliográfico de fuentes primarias que incluyeron artículos científicos y repositorios universitarios de amplia trayectoria que trataran sobre el rendimiento académico. Dichas fuentes correspondieron a publicaciones originales en revistas científicas, disponibles en inglés, portugués y español. Tras delimitar estas variables, se obtuvieron diversas investigaciones que posteriormente se filtraron para consolidar una muestra acorde con las necesidades del estudio.
El procedimiento de rastreo y selección de información utilizó palabras clave específicas: rendimiento académico, factores académicos, variables académicas, causas rendimiento académico, academic performance y rendimento acadêmico. La investigación se realizó por medio de consultas en bases de datos académicas (Google Académico, Dialnet, Scielo, Redalyc) y repositorios institucionales universitarios. Para ello, se utilizaron términos clave combinados con operadores booleanos (AND, OR, NOT) con el fin de filtrar estudios pertinentes. Se efectuó la búsqueda sistemática en dichas bases, enfocándose principalmente en literatura de los últimos cinco años. La elección de los documentos se fundamentó en un análisis de títulos, palabras clave y resúmenes, priorizando aquellos que presentaban diseños metodológicos rigurosos y hallazgos concretos.
RESULTADOS
Rendimiento académico fundamentos conceptuales
El rendimiento académico constituye un fenómeno multidimensional presente en la realidad educativa. Como señalan Cárdenas et al. (2020), su naturaleza está mediada por factores económicos, sociológicos, psicológicos, pedagógicos y biológicos, lo que explica la variabilidad en sus índices según las características poblacionales.
La conceptualización del rendimiento académico resulta compleja debido a sus diversas dimensiones. Puede interpretarse como un indicador cuantitativo basado en calificaciones o como el grado de consecución de objetivos establecidos en cada disciplina. Ambas perspectivas coinciden en señalarlo como propósito fundamental del proceso educativo (Gutiérrez-Monsalve et al., 2021; Murillo y Hernández-Castilla, 2020; Real-Delor et al., 2024).
Esta cuantificación representa un indicador crucial para valorar la eficacia educativa y el progreso formativo (Arias, 2024). El currículo funciona como referente normativo que valida la adquisición de aprendizajes y destrezas. A pesar de las transformaciones en modelos educativos, la evaluación mantiene su relevancia al permitir analizar el impacto formativo y cuantificar resultados, mientras los logros curriculares reflejan el desempeño docente (Arismendi, 2020; Lara, 2024; Rodrigo y Rodríguez, 2023).
Como variable cuantificable, el rendimiento académico permite establecer juicios valorativos sobre el nivel formativo estudiantil, posibilitando determinar la pertinencia de estrategias pedagógicas, identificar dificultades recurrentes y comparar desempeños individuales con promedios institucionales y nacionales (Cárdenas et al., 2020).
Benites y Grueso (2022) distinguen entre rendimiento general relacionado con la asistencia, desempeño curricular, apropiación cultural y comportamiento institucional y específico enfocado en resolución de conflictos y desarrollo del proyecto vital integrando dimensiones sociales, familiares y profesionales. Este último analiza al estudiante como agente social capaz de aplicar conocimientos al servicio comunitario.
La dimensión socioeconómica y rendimiento académico
El entorno familiar y social constituye un determinante fundamental en el rendimiento académico estudiantil. Los alumnos cuyos padres cuentan con educación superior, provienen de niveles socioeconómicos favorables y crecen en ambientes familiares emocionalmente sustentadores suelen lograr resultados académicos superiores. En contraposición, circunstancias adversas como carencias económicas, disfuncionalidad familiar o condiciones habitacionales inadecuadas reducen considerablemente las probabilidades de alcanzar metas educativas satisfactorias (Arias et al., 2024; Benavides y Rodríguez, 2025; Manjarrés-Zambrano et al., 2024; Tarrillo et al, 2023).
El nivel socioeconómico, entendido como índice compuesto de ingresos, ocupación y escolaridad parental que indica la posición relativa del hogar en la estructura social (Coleman et al., 1966), opera como factor clave en la trayectoria educativa. Aunque la educación se concibe como derecho universal y suele impartirse gratuitamente, los materiales, recursos complementarios y transporte necesarios provienen generalmente del núcleo familiar. Las limitaciones económicas crean obstáculos importantes, desde la falta de útiles básicos hasta la necesidad de trabajar prematuramente, situaciones que afectan el desempeño escolar y favorecen la deserción (Rodríguez y Guzmán, 2019).
El estudio de González (2024) demuestra que estudiantes de estratos socioeconómicos bajos presentan desventajas en su rendimiento académico por diversos factores como las características familiares asociadas a condiciones económicas desfavorables que impactan el logro educativo. Estos jóvenes ajustan sus aspiraciones académicas según las limitaciones de su contexto, reflejándose en resultados escolares inferiores, especialmente cuando sus padres experimentaron dificultades académicas similares y su entorno social comparte estas restricciones.
Las carencias económicas operan en conjunción con otros elementos adversos. La marginación cultural, descuido parental, problemas de salud mental en los cuidadores y entornos delictivos confluyen, intensificando sus efectos negativos sobre el rendimiento académico (Rodríguez y Guzmán, 2019). En este escenario, el respaldo emocional familiar emerge como variable crucial. Al respecto Farias-Chica et al. (2025) señalan que este constituye el factor más influyente en el rendimiento académico, seguido por insuficiencia de tiempo dedicado al estudio (28%) y expectativas familiares (14%). Estos hallazgos destacan la importancia de la participación familiar activa en la formación educativa y la necesidad de crear iniciativas que fomenten relaciones familiares enriquecedoras (González-Escalante y Sandoval-Gámez, 2025).
Echeverría-Fernández y Obaco-Soto (2021) destacan el valor trascendental de la intervención parental en el proceso educativo, planteando la necesidad de elaborar metodologías que incorporen efectivamente esta participación en el desarrollo formativo del estudiantado.
Existen, no obstante, posturas que cuestionan estas correlaciones. El trabajo de Guzmán et al. (2025) no detectó vínculos estadísticamente significativos entre el rendimiento académico y factores como la formación de los padres, los patrones de comunicación familiar o el nivel socioeconómico. Sus hallazgos destacan los hábitos de estudio como el único factor con incidencia directa en el desempeño escolar. Esta perspectiva se alinea en cierta medida con Martínez (2020), quien argumenta que, si bien las condiciones económicas no definen por completo el éxito educativo, el entorno familiar emerge como un componente clave en la trayectoria académica de los estudiantes.
La educación opera como factor de transformación en contextos sociales adversos. Pese a las limitaciones económicas, muchas familias perciben en la formación académica una herramienta de movilidad social. Este fenómeno se observa en Latinoamérica, donde el acceso a la educación universitaria crece incluso en grupos sociodemográficos desfavorecidos, demostrando la capacidad de la educación para trascender desigualdades (De Fanelli y Adrogué, 2021).
La complejidad educativa demanda enfoques multidimensionales que integren dinámicas familiares y políticas públicas para reducir desigualdades. Programas inclusivos que fomenten la colaboración familiar y la autogestión académica pueden potenciar los resultados escolares, lo que resalta la necesidad de coordinar instituciones educativas, familias y comunidades locales (González-Escalante y Sandoval-Gámez, 2025).
Desde una perspectiva teórica, la relación entre entorno familiar, nivel educativo parental y rendimiento académico puede ser comprendida mediante la teoría del capital cultural de Pierre Bourdieu. Esta teoría sostiene que las familias transmiten a sus hijos formas específicas de capital (económico, social y cultural) que son valoradas en el campo escolar. El capital cultural incluye hábitos de estudio, uso del lenguaje, conocimientos escolares previos y familiaridad con códigos académicos. Aquellos estudiantes que poseen un alto capital cultural por provenir de hogares con prácticas letradas, hábitos de lectura, apoyo académico y alta escolaridad parental se adaptan más fácilmente a las expectativas de la escuela. Por el contrario, estudiantes de sectores populares, carentes de este capital, enfrentan dificultades de adaptación y comprensión, lo que puede traducirse en bajo rendimiento académico. Este marco permite interpretar por qué la formación de los padres, el acompañamiento familiar y el contexto económico no solo influyen directamente, sino que estructuran de fondo las posibilidades de éxito o fracaso escolar (Bourdieu y Passeron, 1977).
En este sentido, la escuela, lejos de ser un espacio neutral, reproduce las desigualdades sociales al validar las disposiciones culturales de los sectores dominantes, y penalizar implícitamente a quienes no poseen ese mismo bagaje. Así, el bajo rendimiento académico en sectores vulnerables puede ser comprendido no como resultado de falta de capacidad individual, sino como expresión de una desigualdad estructural en el acceso al capital cultural.
Perspectivas sociológicas y rendimiento académico
Desde la perspectiva sociológica, la educación formal funciona como un sistema de control que regula el desarrollo de los jóvenes a través de estructuras definidas, normas disciplinarias, jerarquías y evaluaciones. Este modelo, que abarca desde la infancia hasta la adolescencia, responde a exigencias generacionales y prepara a los estudiantes para su inserción en el mercado laboral (Pascagaza y Estrada, 2020).
La formación académica busca desarrollar un proyecto de vida que favorezca el bienestar individual y familiar. En este proceso, la evaluación y el rendimiento académico son fundamentales, ya que preparan al estudiante para un entorno social donde se valora continuamente el potencial productivo de los trabajadores (Martínez et al., 2020).
El rendimiento académico actúa como un mecanismo de estratificación social en el entorno educativo, otorgando estatus y configurando relaciones de poder. Las diferencias en el rendimiento entre instituciones públicas y privadas refuerzan estructuras sociales desiguales, donde los grupos privilegiados conservan su posición jerárquica, mientras que los sectores menos favorecidos enfrentan barreras para su movilidad social (Demarchi, 2023).
Guaman-Gualan et al. (2024) plantean que los imaginarios sociales, la integración de elementos culturales en el currículo y las aspiraciones del estudiante influyen en su rendimiento académico, dependiendo de si percibe la educación como un medio para alcanzar sus metas. Estos factores externos impactan el rendimiento académico, ya que las características poblacionales moldean percepciones colectivas que pueden considerar la educación como una herramienta de emancipación o como un aspecto de baja relevancia social.
La adaptación del estudiante al entorno educativo constituye un elemento crucial para su permanencia académica. Diversos factores pueden provocar la deserción, incluyendo dificultades de integración social al ambiente escolar y problemáticas familiares. Las relaciones establecidas con docentes y compañeros, junto con la capacidad de ajuste al contexto institucional (Valencia et al., 2023).
La investigación de Obispo-Salazar et al. (2023) demuestra que las iniciativas de bienestar estudiantil producen efectos positivos en el rendimiento académico. Los apoyos proporcionados, como subsidios económicos y acompañamiento psicosocial, contribuyen a mitigar barreras financieras y fortalecer aspectos psicosociales, impactando favorablemente el desempeño educativo.
Estas perspectivas se articulan con la teoría ecológica de Bronfenbrenner, que sitúa al estudiante en un sistema de contextos interconectados. El rendimiento escolar depende del microsistema (familia, escuela, compañeros), el mesosistema (interacción entre ellos), el exosistema (estructuras sociales indirectas como políticas o empleo parental) y el macrosistema (condiciones culturales, ideológicas y económicas). Así, los factores sociales condicionan estructuralmente al estudiante, haciendo ineficaces las políticas educativas que ignoran esta multidimensionalidad (Bronfenbrenner, 1987). Complementariamente, la sociología crítica y la teoría del actor-red (Latour, 2005) revelan que el rendimiento académico surge no solo de interacciones humanas, sino también de elementos no humanos (objetos, normas, tecnología, infraestructura, plataformas digitales). Estos actantes, junto a humanos, configuran las condiciones de éxito o fracaso. Por ejemplo, una red escolar con mala conectividad, poca interacción familia-escuela y currículo obsoleto perjudica el rendimiento académico. Esta teoría supera la mirada de factores aislados por una visión relacional que mapea las múltiples asociaciones generadoras del rendimiento académico.
Incidencia de las variables psicológicas en el rendimiento académico
El rendimiento académico emerge de la interacción dinámica entre el estudiante, su familia y la escuela. Esta tríada funciona como un sistema integrado donde el estudiante, eje central del proceso, gestiona emociones y acciones para alcanzar metas específicas con el apoyo de los otros dos componentes (Cardenas et al., 2020).
La motivación, entendida como el impulso racional que orienta acciones hacia objetivos, se distingue de las conductas instintivas al depender de procesos conscientes (Medina, 2022). En este marco, Redondo y Jiménez (2020) subrayan que el autoconcepto construido en la familia y la escuela moldea la autoestima y el rendimiento académico. A través de la interacción social, el estudiante redefine continuamente su identidad, comparándose con su entorno y estableciendo nociones de éxito o fracaso que influyen en su compromiso educativo.
Bonastre (2023) enfatiza la relevancia de metas claras, rutinas de estudio organizadas y mentalidad positiva para el éxito académico. Sin embargo, factores como la desmotivación docente, el desinterés familiar y la falta de automotivación estudiantil pueden generar resultados deficientes (Cardenas et al., 2020). Por otro lado, el entorno familiar opera como catalizador de la motivación: el nivel educativo parental y la percepción de la educación como herramienta de movilidad social inciden directamente en el rendimiento académico (Duarte, 2024; Soto et al., 2021).
La escolaridad materna guarda un vínculo con la continuidad estudiantil, dado que los alumnos cuyas madres presentan un mayor nivel académico suelen permanecer en el sistema escolar (Di Paola et al., 2022). No obstante, factores como inestabilidad emocional parental, pobreza o conflictos familiares elevan el riesgo de fracaso escolar (Rodríguez y Guzmán, 2019). Pese a esto, la familia sigue siendo determinante en la construcción de autorregulación, principios educativos y autoconcepto, elementos que definen escenarios de éxito académico.
En paralelo, Salazar (2020) identifica dos claves: las relaciones paternofiliales basadas en autoridad y acompañamiento y los entornos asertivos que estimulan el desarrollo lingüístico-cognitivo. Estas interacciones permiten al estudiante reinterpretar experiencias mediante herramientas como la lectura, eje del crecimiento intelectual.
La revisión sistemática de Izquierdo (2024) confirma que la autoestima académica correlaciona con el rendimiento académico en primaria y secundaria, siendo la motivación y el clima escolar moderadores clave. Estudiantes con autoconcepto bajo muestran menor desempeño y mayor propensión a conductas disruptivas. Asimismo, Soto et al. (2021) identifican la motivación como el factor de mayor incidencia, aunque aspectos socioeconómicos como el estrés por recursos limitados pueden neutralizar su efecto positivo.
Esta conexión entre autoconcepto y logros se remonta a los años ochenta, cuando se evidenció que el autoconcepto académico específico, y no el general, tenía una influencia directa sobre el rendimiento académico. El autoconcepto específico hace referencia a la percepción que tiene el estudiante de sus propias capacidades en un área determinada del conocimiento, como matemáticas, lenguaje o ciencias. Es una construcción más puntual y sensible a las experiencias de éxito o fracaso en contextos educativos concretos. Por su parte, el autoconcepto general abarca la percepción global que el individuo tiene de sí mismo en diversos aspectos de su vida (físico, social, académico, emocional), y aunque influye en la autoestima general, su impacto en los logros escolares es más indirecto y difuso. Así, las investigaciones han demostrado que una valoración positiva en un área académica específica suele estar más estrechamente correlacionada con un mejor desempeño en esa misma área (Redondo y Jiménez, 2020).
La deserción suele vincularse con bajo rendimiento académico, problemas económicos y desmotivación (Burgos et al., 2022). Fonseca et al. (2022) añaden que el abandono surge cuando los estudiantes perciben una desconexión entre su formación y su proyecto vital, lo que exige diseños curriculares más flexibles por parte de las instituciones.
En el plano emocional, Pérez (2022) advierte que la inestabilidad psíquica asociada a falta de metas o apoyo familiar deteriora el desempeño académico. Gómez et al. (2024) profundizan en este punto: ansiedad y depresión generan fatiga, desmotivación y bajo autoconcepto, factores que limitan el potencial de aprendizaje y aumentan el ausentismo.
Por su parte, González (2024) propone que la inteligencia emocional y las estrategias metacognitivas como la planificación consciente y el autoconocimiento optimizan el rendimiento académico. Estas habilidades permiten identificar fortalezas, diseñar métodos de estudio efectivos y gestionar comparaciones sociales que alimentan la motivación.
Sobre el impacto tecnológico en el comportamiento del estudiante, Molina (2024) y López-Iglesias et al. (2023) destacan el doble filo de las redes sociales: mientras facilitan la colaboración académica, su uso excesivo afecta el bienestar emocional. Por su parte, Núñez (2023) demuestra que la educación virtual durante la COVID-19 no redujo el rendimiento académico; al contrario, estudiantes con estrategias de autorregulación como fijar metas y organizar tiempos mejoraron sus promedios, resaltando la importancia del apoyo docente en contextos adversos.
El éxito de las tecnologías educativas requiere colaboración entre familias y escuelas. Los padres deben fomentar hábitos responsables, mientras las instituciones educativas necesitan superar resistencias y adoptar pedagogías que conviertan las TIC en herramientas de aprendizaje efectivas, no distracciones (Halpern, 2021).
Desde una perspectiva cognitiva, autores como Piaget, Vygotsky y Bandura aportan marcos interpretativos esenciales para comprender cómo la motivación, el autoconcepto y la autorregulación inciden en el rendimiento académico. Piaget señala que el desarrollo cognitivo ocurre por etapas, y que los aprendizajes deben estar en sintonía con las capacidades de abstracción de cada nivel evolutivo. Una exigencia escolar desconectada del desarrollo cognitivo genera frustración y fracaso (Piaget, 1972). Por su parte, Vygotsky introduce el concepto de Zona de Desarrollo Próximo (ZDP), que destaca el rol del otro en el aprendizaje. El docente y el entorno social permiten que el estudiante alcance niveles que no lograría solo (Vygotsky, 1979). La motivación, entonces, no es solo individual, sino relacional. Bandura, a través del concepto de autoeficacia, señala que los estudiantes con mayor confianza en su capacidad para aprender perseveran más, se autorregulan mejor y rinden más. Su teoría sociocognitiva permite comprender cómo las creencias personales, modeladas por la experiencia y la interacción, influyen en el rendimiento (Bandura, 1986).
No obstante, atribuir el fracaso escolar únicamente a la falta de autorregulación puede invisibilizar desigualdades estructurales. Las teorías críticas advierten que no todos los estudiantes tienen las mismas condiciones para autorregularse: pobreza, violencia intrafamiliar o contextos de exclusión limitan las oportunidades para ejercer esta agencia. Por eso, se requiere una lectura más compleja, que articule agencia personal con estructura social.
Factor pedagógico y rendimiento académico
En primer lugar, el rendimiento académico se fundamenta en diversos factores pedagógicos, entre ellos los estilos de aprendizaje, la evaluación y las estrategias didácticas. Estos componentes se conectan con la labor docente y la manera en que sus técnicas inciden en el desempeño estudiantil (Cruzado, 2022; Pérez, 2024).
Cruzado (2022) considera esencial la evaluación sumativa para medir el rendimiento académico, pues recopila información sobre la adquisición de aprendizajes curriculares y compromete a estudiantes, familias y docentes. Sin embargo, subraya que la evaluación formativa promueve la reflexión sobre fortalezas y carencias, previene conductas deshonestas y fomenta un aprendizaje profundo. Además, advierte que centrarse exclusivamente en la calificación fortalece la cultura del más vivo, priorizando la inmediatez sobre la ética y debilitando la formación en valores. Por ello, propone una evaluación sistemática y formativa, con participación activa del estudiante y desarrollo de autonomía, concebida como un proceso individual y colectivo que incide en el rendimiento académico.
Por otro lado, Pérez (2024) explica que los factores institucionales, como el clima organizacional y las relaciones interpersonales, inciden de manera directa en el rendimiento académico. En su estudio, los propósitos compartidos emergen como el factor de mayor influencia, mientras las normas organizacionales orientan los resultados en las instituciones educativas.
De igual manera, Juárez (2021) sostiene que la evaluación, aunque varía según el grupo destinatario, busca medir el rendimiento académico y valorar las tareas realizadas para afianzar el aprendizaje. Al contrastar el nivel del estudiante con el estándar previsto, surgen estrategias de mejora que potencian su progreso. Sin embargo, la evaluación sumativa enfocada únicamente en valores cuantificables puede dificultar la apreciación integral del proceso, por lo que se recomienda un enfoque formativo.
Bajo esta perspectiva, Benavides y Rodríguez (2025) plantean que el rendimiento académico debería analizarse desde una óptica que abarque tanto el proceso como los logros. De este modo, se consideran la interacción entre enseñanza y aprendizaje, así como la influencia de factores psicosociales, biológicos y familiares en la educación.
Igualmente, Molina et al. (2020) enfatizan que la evaluación del rendimiento académico ha de incorporar las dificultades superadas, el esfuerzo del estudiante y la eficacia de las estrategias docentes. Según estos autores, la cultura del examen, al centrarse en los resultados finales y la figura docente como autoridad principal, propicia la deshonestidad académica y un estudio limitado a la calificación. En contraste, la cultura de la evaluación privilegia los aprendizajes significativos, minimiza las conductas engañosas y convierte la nota en un indicador del proceso, no en su fin último.
En relación con los estilos de aprendizaje, Freiberg-Hoffmann et al. (2020) destacan la importancia de ajustar el currículo a las distintas formas en que cada estudiante aprende y entiende su entorno, lo cual promueve mejores resultados académicos y prácticas pedagógicas más inclusivas.
En sintonía con esta visión, Loor y Alarcón (2021) señalan que cada individuo procesa, experimenta y actúa en escenarios educativos de acuerdo con su estilo de aprendizaje. También sostienen que el conocimiento adquiere mayor trascendencia cuando se acomoda al estilo predominante, lo que fortalece la motivación y el rendimiento académico.
Las posturas de Kolb y Honey son relevantes en este contexto. Kolb considera la forma y el procesamiento del aprendizaje según la asimilación de la experiencia concreta, definiendo cuatro estilos:
- Divergente: aprende desde experiencias concretas, analiza problemas desde múltiples perspectivas, es propositivo, emotivo e interesado en quienes lo rodean.
- Asimilador: se caracteriza por la reflexión y el pensamiento inductivo, con mayor interés en procesos teóricos y abstractos.
- Convergente: aprende desde experiencias significativas, desarrolla pensamiento hipotético-deductivo, resuelve problemas prácticamente.
- Acomodador: atracción por entornos desafiantes, facilidad para diseñar y ejecutar planes (Loor y Alarcón, 2021).
De acuerdo con Honey, los estilos de aprendizaje parten del desarrollo de actitudes y comportamientos, el cual se ve condicionado por factores externos y cambia con el paso del tiempo (Loor y Alarcón, 2021). Con base en esta premisa, Honey distingue cuatro estilos:
- Activo: estudiantes de mente abierta, arriesgados, con facilidad para improvisar.
- Reflexivo: reúnen datos para sistematizar y analizar información antes de concluir.
- Teórico: analizan actividades escalonadamente, con sentido lógico y crítico.
- Pragmático: capacidad para análisis conceptual e identificación de aspectos aplicables en la práctica.
Comprender los estilos de aprendizaje permite mejorar las prácticas educativas, aunque muchos docentes continúan aplicando pedagogías tradicionalistas que limitan al estudiante a la reproducción de información. La dificultad para reconocer estos estilos radica en la necesidad de diseñar herramientas adaptadas a las distintas formas de pensamiento. El docente debe evaluar si es más conveniente mantener enfoques tradicionales con resultados deficientes o implementar metodologías que validen los estilos de aprendizaje y mejoren la calidad educativa (Montalvo, 2019).
Murillo y Hernández-Castilla (2020) indican que diversos factores pedagógicos influyen en el rendimiento académico, como la evaluación, los estilos de aprendizaje, la falta de recursos e infraestructura, la pobreza, la religión y la cultura. Sin embargo, su estudio revela que la influencia del personal docente es mayor que la de estos factores.
En esta línea, González (2024) sostiene que el educador, en su rol de mediador, debe desarrollar competencias pedagógicas para gestionar su práctica moral y emocional frente al estudiantado. El profesor funge como referente en educación emocional, lo que demanda reconocer y regular sus propias emociones, mantener equilibrio y proyectar seguridad. Mostrar serenidad ante situaciones adversas promueve el autocontrol y el bienestar en el aula. Antes de guiar el desarrollo emocional del alumnado, se requiere reflexionar acerca de la propia personalidad, las emociones, las actitudes y los valores, a fin de facilitar la enseñanza de habilidades emocionales y sociales.
Por otra parte, Cárdenas et al. (2020) afirman que los factores pedagógico-didácticos son determinantes en el rendimiento académico. Subrayan diversas dificultades relacionadas con planes de estudio inadecuados, estilos de enseñanza poco efectivos, planificación deficiente de actividades, carencia de refuerzos apropiados y falta de coherencia entre contenidos y aplicación práctica. Asimismo, resaltan la escasez de recursos, el uso de estrategias pedagógicas ineficientes y la definición imprecisa de objetivos como elementos problemáticos.
En este contexto, la metodología docente sobresale como elemento decisivo, identificada como la manera de enseñar y apoyada en herramientas para transmitir contenidos, procedimientos y fundamentos. Su eficacia se vincula con la visión del profesor, quien debe adaptarse a la realidad del aula y a la diversidad de estilos de aprendizaje. Cárdenas et al. (2020) describen métodos inductivos, deductivos y analógicos, resaltando el método expositivo unidireccional y centrado en un estudiante pasivo y el método interactivo, que promueve el debate y el diálogo. Igualmente, subrayan la pertinencia de los medios didácticos, pues facilitan la interacción del estudiante con los contenidos, al tiempo que permiten revisar y ajustar conocimientos.
En este punto, conviene mencionar a Bronfenbrenner (1987), quien advierte que el microsistema escolar, especialmente la interacción con docentes tiene efectos decisivos en el desarrollo. El aula es un espacio de mediación entre lo individual y lo institucional.
Asimismo, según Vygotsky, las prácticas pedagógicas deben incorporar andamiajes adecuados que permitan al estudiante moverse dentro de su ZDP, mediante apoyos temporales ajustados a su nivel (Vygotsky, 1979). Esto implica que una pedagogía centrada en el estudiante debe considerar el contexto social, su trayectoria, sus recursos culturales, y no aplicar fórmulas uniformes. La evaluación, entonces, no debe ser solo un juicio, sino una herramienta de mediación para la mejora.
Influencia del factor biológico en el rendimiento académico
El rendimiento académico se ve influido por factores biológicos que, en conjunto con variables ambientales y sociales, moldean las capacidades cognitivas. De acuerdo con González (2024), las diferencias individuales en este ámbito se relacionan con la estructura biológica del cerebro, determinado por un código genético particular que orienta la forma de interpretar la realidad. Esta actividad se denomina inteligencia y se manifiesta en diversas aptitudes para el aprendizaje. Para González (2024), si bien los factores ambientales impulsan el desarrollo de la capacidad cognitiva, las limitaciones suelen vincularse más estrechamente con la herencia genética.
Al respecto, Bueno (2020) sostiene que el aprendizaje tiene un componente genético, aunque ello no define plenamente el rendimiento académico. La plasticidad neuronal, regulada por genes, promueve la formación de nuevas conexiones, pero factores como el entorno y la educación son decisivos en su evolución. Algunos genes como el COMT, inciden en las funciones cognitivas sin resultar determinantes. A su vez, la epigenética ajusta la expresión genética en función del contexto, de modo que la nutrición y los estímulos educativos pueden compensar carencias. Así, aunque la genética brinda una base, la enseñanza y el ambiente orientan la expresión de las capacidades cognitivas.
En relación con el descanso y su repercusión en el aprendizaje, Henríquez-Beltrán et al. (2022) indican que los trastornos del sueño generan dificultades de memoria, atención y ansiedad ante los exámenes, lo que se traduce en un rendimiento académico más bajo en materias como matemáticas, lenguaje y educación física.
Por otro lado, Martínez et al. (2022) señalan que la nutrición incide directamente en la salud y el funcionamiento del sistema nervioso, afectando aspectos como la memoria, la concentración y la capacidad de aprendizaje. Recomiendan prestar especial atención al equilibrio de carbohidratos, vitaminas y una adecuada hidratación, pues su correcta gestión refuerza la actividad cognitiva.
En cuanto al Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), Vega (2024) expone que esta condición afecta significativamente el rendimiento académico y la conducta estudiantil. El alumnado con TDAH presenta carencias de concentración, dificultades para concluir tareas y acatar instrucciones, así como hiperactividad e impulsividad que obstaculizan su adaptación al aula. Estas características pueden derivar en conflictos con docentes y compañeros, incrementando el riesgo de bajo rendimiento académico y fracaso escolar en ausencia de estrategias pedagógicas apropiadas.
En este sentido, Suárez (2024) evidencia que la resistencia cardiorrespiratoria (RC) se relaciona directamente con el rendimiento académico y el comportamiento de los escolares que presentan TDAH. Un mayor nivel de RC favorece el razonamiento lingüístico y reduce la conducta hiperactiva-desatenta, lo que impulsa el control de impulsos y la concentración. En las niñas, la RC también se asocia con una mejora en el razonamiento lingüístico, resaltando la influencia del ejercicio físico en la regulación conductual y en el fortalecimiento de habilidades cognitivas necesarias para el aprendizaje.
Las explicaciones sobre la influencia del componente biológico pueden beneficiarse del marco del desarrollo humano integral propuesto por Papalia y Martorell (2017), quienes afirman que el desarrollo cognitivo y emocional está vinculado con el biológico, pero no determinado por este. La plasticidad cerebral permite que los estudiantes superen limitaciones si existen condiciones ambientales propicias. Así, aunque trastornos como el TDAH, deficiencias nutricionales o alteraciones del sueño impactan el rendimiento, estos pueden ser atenuados mediante intervenciones pedagógicas, emocionales y sociales.
En este sentido, se presenta tensiones entre posturas biologicistas que tienden a explicar el bajo rendimiento académico por causas internas, hereditarias o neurológicas y aquellas estructurales, que lo entienden como resultado de carencias socioculturales. El abordaje debe superar esta dicotomía: los genes configuran disposiciones, pero el ambiente escolar, familiar y comunitario activa o inhibe su expresión. Por tanto, políticas públicas que aborden el bajo rendimiento académico deben integrar el diagnóstico médico con el acompañamiento pedagógico y la transformación estructural de los entornos.
DISCUSIÓN
Los hallazgos expuestos a lo largo de este estudio reafirman la complejidad inherente al rendimiento académico, evidenciando que se trata de un fenómeno multidimensional en el que confluyen factores socioeconómicos, sociológicos, psicológicos, pedagógicos y biológicos. En primer lugar, la revisión resalta cómo la economía familiar y la formación de los padres tienen un impacto significativo en la trayectoria escolar, en línea con lo expuesto por González (2024) y Farias-Chica et al. (2025). Sin embargo, también se enfatizan posturas divergentes (Guzmán et al., 2025), lo cual indica la necesidad de profundizar en análisis específicos de cada contexto para determinar hasta qué punto la condición socioeconómica incide en la motivación y el rendimiento académico.
En el ámbito sociológico, se confirma la función de la escuela como un mecanismo de movilidad social o de reproducción de desigualdades, según la naturaleza de las políticas públicas y la calidad institucional (Pascagaza y Estrada, 2020; Demarchi, 2023). De igual forma, la influencia de las representaciones culturales y la cohesión social en el entorno escolar demuestran que, más allá del acceso a la educación, resulta crucial la adaptación y el sentido de pertenencia del estudiante para su permanencia y desempeño.
La dimensión psicológica, por su parte, ratifica la relevancia de la motivación, el autoconcepto y la autorregulación (Redondo y Jiménez, 2020; Izquierdo, 2024), mientras las dinámicas familiares y la participación activa de los cuidadores pueden potenciar dichos factores (Duarte, 2024; Soto et al., 2021). Cabe subrayar que tanto la atención a la salud mental como el acompañamiento psicosocial se perfilan como estrategias esenciales para consolidar un entorno educativo favorable.
Respecto a los factores pedagógicos, se establece con claridad la centralidad de la labor docente. La capacidad de los profesores para diseñar estrategias didácticas, ajustar la planificación a diversos estilos de aprendizaje y ejercer una evaluación formativa incide de manera directa en el rendimiento académico (Cruzado, 2022; Pérez, 2024). No obstante, los estudios revisados subrayan que persistir en métodos tradicionales y prácticas de evaluación meramente sumativas puede limitar el progreso académico y favorecer conductas deshonestas (Molina et al., 2020).
Finalmente, los elementos biológicos, si bien no determinan por completo el desempeño, sí influyen en la aptitud cognitiva y la capacidad de atención, como sucede en casos de TDAH, trastornos del sueño o déficits nutricionales (Martinez et al., 2022; Suárez, 2024; Vega, 2024). Esta perspectiva pone de relieve la pertinencia de un abordaje integral en políticas educativas y de salud, que incorpore la identificación temprana de dificultades y la intervención especializada.
La discusión conjunta de todos estos factores pone de manifiesto la necesidad de enfoques intersectoriales y multidisciplinarios para una comprensión más profunda y una intervención efectiva. Se requiere la colaboración de familias, educadores, profesionales de la salud, psicólogos y responsables políticos para diseñar estrategias que garanticen la equidad y fortalezcan la calidad de la formación académica. Asimismo, se sugiere ampliar la investigación hacia estudios longitudinales y comparativos que permitan distinguir con mayor precisión la incidencia relativa de cada variable, considerando las particularidades propias de cada entorno sociocultural.
La articulación de los hallazgos revisados permite avanzar hacia un modelo interpretativo más robusto. Incorporar teorías como la del capital cultural, la ecológica del desarrollo, la sociocognitiva y la del actor-red fortalece el análisis al proporcionar categorías explicativas que trascienden la simple enumeración de factores. Estas teorías evidencian que el rendimiento académico no es solo producto de variables cuantificables, sino resultado de entramados complejos donde interactúan estructuras sociales, disposiciones culturales, capacidades cognitivas, redes materiales y experiencias emocionales.
De igual manera, se evidencian tensiones entre enfoques que atribuyen el bajo rendimiento a causas internas (como la falta de autorregulación) y aquellos que denuncian condiciones estructurales de desigualdad. Una lectura crítica exige superar visiones simplificadoras y reconocer que las dimensiones psicológicas no operan en el vacío: se despliegan en contextos marcados por el capital disponible, la calidad institucional, la cultura familiar y las políticas públicas.
Este análisis sugiere que para comprender el rendimiento escolar, la investigación educativa debe desplazarse del nivel descriptivo al interpretativo, incorporando marcos teóricos que permitan problematizar las causas, tensiones y consecuencias del fenómeno. Solo así se podrá aportar al diseño de intervenciones pertinentes y situadas, que respondan a la complejidad de las trayectorias escolares contemporáneas.
Los hallazgos permiten derivar propuestas orientadas a la transformación del rendimiento académico desde una perspectiva integral. Se sugiere el diseño de políticas públicas intersectoriales, que articulen educación, salud, nutrición y protección social con enfoque territorial, así como la adopción de modelos pedagógicos diferenciados y flexibles, basados en teorías como la zona de desarrollo próximo de Vygotsky y la ecología del desarrollo de Bronfenbrenner. Esto implica adaptar el currículo, diversificar metodologías y promover evaluaciones formativas sensibles al contexto.
Asimismo, se propone fortalecer el vínculo entre familia, escuela y comunidad mediante programas de participación parental y acompañamiento psicosocial. El uso de tecnologías como herramientas articuladoras del proceso educativo y la implementación de protocolos integrales para estudiantes en riesgo. Finalmente, la formación docente continua en neurodesarrollo, diversidad y educación emocional resulta indispensable para responder a la complejidad del fenómeno. Estas estrategias buscan vincular teoría, evidencia y acción para promover una intervención situada y coherente.
CONCLUSIÓN
Los hallazgos de esta revisión bibliográfica evidencian que el rendimiento académico surge de la interacción dinámica de factores socioeconómicos, sociológicos, psicológicos, pedagógicos y biológicos, cuya influencia varía según el contexto de cada población escolar.
En primer término, el entorno familiar y socioeconómico desempeña un rol determinante. Las investigaciones revelan que estudiantes de familias con mayor capital cultural y estabilidad económica suelen alcanzar un desempeño académico más alto. El apoyo emocional y las expectativas parentales actúan como impulsores del éxito, mientras que la precariedad económica, los conflictos familiares o la incorporación temprana al trabajo representan obstáculos significativos.
En paralelo, el sistema educativo y su dimensión sociológica emergen como espacios clave. Las escuelas no solo transmiten conocimientos, sino que también reproducen o cuestionan desigualdades sociales. Las brechas entre instituciones públicas y privadas, por ejemplo, pueden reforzar estratificaciones, convirtiendo a la educación en un eje tanto de movilidad social como de perpetuación de inequidades.
Desde una perspectiva individual, las dimensiones psicológicas y motivacionales resultan fundamentales. La motivación, el autoconcepto académico y la autoestima se vinculan directamente con la capacidad de los estudiantes para enfrentar desafíos. Una salud mental estable, hábitos de estudio sólidos y el acompañamiento docente fortalecen la resiliencia, mientras que la deserción suele asociarse con factores como la falta de metas claras o el estrés derivado de contextos adversos.
En el ámbito pedagógico, el rol del profesor adquiere centralidad. La selección de metodologías adaptadas a diversos estilos de aprendizaje, la implementación de evaluaciones formativas y la creación de ambientes educativos inclusivos pueden potenciar el rendimiento académico. Por el contrario, enfoques tradicionales y currículos rígidos limitan el progreso, especialmente en contextos con alta diversidad estudiantil.
Cabe destacar que la interacción entre el componente biológico y el entorno. Aunque factores genéticos y neurológicos influyen en las capacidades cognitivas, la plasticidad cerebral permite compensar limitaciones mediante estímulos ambientales adecuados. En este sentido, una nutrición equilibrada, el descanso suficiente y la actividad física se erigen como pilares para el desarrollo cognitivo óptimo.
Frente a esta complejidad, se subraya la necesidad de enfoques integrales y políticas públicas multisectoriales. La educación, al estar mediada por variables individuales, familiares y estructurales, requiere intervenciones que combinen acompañamiento psicosocial, apoyos económicos y formación docente. Solo mediante acciones coordinadas entre familias, escuelas y comunidades será posible reducir brechas de equidad y fomentar un desarrollo académico inclusivo.
CONTRIBUCIÓN DE AUTORES
Luis Alfonso Muñoz Benavides: investigación, escritura del borrador original y presentación del artículo.
DECLARACIÓN SOBRE CONFLICTO DE INTERÉS
El autor declara que no existe ningún conflicto de intereses relacionado con la publicación de este artículo. Todas las opiniones y resultados expresados son independientes y no están influenciados por intereses personales, financieros o profesionales que puedan haber afectado el estudio.
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